Parroquia de Nuestra Señora del Consuelo
La cúpula azul que todo el mundo fotografía. El corazón de Altea, visible desde lejos y vibrante cuando te acercas.
La reconocerás incluso antes de llegar. Su cúpula azul cobalto, salpicada de tejas blancas, es el símbolo de Altea y el fondo de casi todas las postales, pinturas y recuerdos de quien pasa por aquí.
Está en lo más alto del casco antiguo, vigilando el pueblo desde hace más de un siglo. Pero no esperes una iglesia de museo: la Parroquia de Nuestra Señora del Consuelo está viva. Hay misa, hay bodas, hay niños corriendo y hay turistas curioseando en todas las direcciones.
La plaza que la rodea está llena de cosas que dan gusto: helados artesanos, cafés con terraza, restaurantes con olor a arroz recién hecho y tiendecitas donde encontrarás la parroquia pintada, bordada o esculpida en todos los formatos posibles.
Aunque tiene siglos de historia detrás, su imagen actual se remonta a principios del siglo XX, cuando un párroco con visión (Juan Bautista Cremades Peiró) decidió que la fachada debía mirar de frente, que la cúpula tenía que tener un azul más nuestro y que el templo debía parecerse más a Altea.
Y así fue. Dentro, el blanco lo envuelve todo y los detalles dorados le dan ese aire solemne pero luminoso. Fuera, si te fijas bien, hay más de lo que parece: dragones en la piedra, tejas que repiten los tejados del pueblo y formas que pasan desapercibidas si no vas con calma.
No hace falta creer para entrar. Solo ganas de mirar con otros ojos porque este sitio no es solo un lugar bonito, sino parte de lo que hace que Altea sea Altea.
Está en lo más alto del casco antiguo, vigilando el pueblo desde hace más de un siglo. Pero no esperes una iglesia de museo: la Parroquia de Nuestra Señora del Consuelo está viva. Hay misa, hay bodas, hay niños corriendo y hay turistas curioseando en todas las direcciones.
La plaza que la rodea está llena de cosas que dan gusto: helados artesanos, cafés con terraza, restaurantes con olor a arroz recién hecho y tiendecitas donde encontrarás la parroquia pintada, bordada o esculpida en todos los formatos posibles.
Aunque tiene siglos de historia detrás, su imagen actual se remonta a principios del siglo XX, cuando un párroco con visión (Juan Bautista Cremades Peiró) decidió que la fachada debía mirar de frente, que la cúpula tenía que tener un azul más nuestro y que el templo debía parecerse más a Altea.
Y así fue. Dentro, el blanco lo envuelve todo y los detalles dorados le dan ese aire solemne pero luminoso. Fuera, si te fijas bien, hay más de lo que parece: dragones en la piedra, tejas que repiten los tejados del pueblo y formas que pasan desapercibidas si no vas con calma.
No hace falta creer para entrar. Solo ganas de mirar con otros ojos porque este sitio no es solo un lugar bonito, sino parte de lo que hace que Altea sea Altea.